domingo, 10 de enero de 2016

Bacanales.




Tito Livio. Historia de Roma (Ab urbe condita). Libro 39


[39,8] Durante el año siguiente (186 a.C.), los cónsules Espurio Postumio Albino y Quinto Marcio Filipo vieron desviada su atención del ejército, las guerras y la administración de las provincias por la necesidad de sofocar una conspiración interna. Las provincias fueron adjudicadas a los pretores de la siguiente manera: la pretura urbana fue para Tito Menio y la peregrina para Marco Licinio Lúculo; Cerdeña correspondió a Cayo Aurelio Escauro, Sicilia a Publio Cornelio Sila, la Hispania Citerior fue para Lucio Quincio Crispino y la Ulterior para para Cayo Calpurnio Pisón. Se encargó a ambos cónsules la investigación de las conspiraciones secretas. El asunto comenzó con la llegada a Etruria de un griego de bajo nacimiento que no poseía ninguna de las numerosas artes que difundió entre nosotros el pueblo que con más éxito cultivó la mente y el cuerpo. Era una especie de practicante de cultos y adivino, pero no de aquellos que inducen a error a los hombres enseñando abiertamente sus supersticiones por dinero, sino un sacerdote de misterios secretos y nocturnos. Al principio, éstos se divulgaron sólo entre unos pocos; después, empezaron a extenderse tanto entre hombres como entre mujeres, aumentando su atractivo mediante los placeres del vino y los banquetes para aumentar el número de sus seguidores. Una vez el vino, la noche, la promiscuidad de sexos y la mezcla de edades tiernas y adultas calentaban sus ánimos, apagando todo el sentido del pudor, daban comienzo los excesos de toda clase, pues todos tenían a mano la satisfacción del deseo al que más le inclinaba su naturaleza. Y no se limitaba el daño a la violación general de hombres libres y mujeres; de la misma fuente salían falsos testimonios, la falsificación de sellos y testamentos, las falsas informaciones, y los filtros mágicos y muertes tan secretas que ni siquiera se podían encontrar los cadáveres para darles sepultura. Muchos crímenes fueron cometidos mediante engaños y muchos otros mediante la violencia, que quedaba oculta por el hecho de que, a causa de los gritos y el ruido de los tímpanos y címbalos, no se podía escuchar a los que pedían auxilio entre las violaciones y las muertes.

[39,9] Este mal desastroso se propagó desde Etruria a Roma como una enfermedad contagiosa. Al principio, el tamaño y la extensión de la Ciudad permitieron más espacio e impunidad para tales maldades y sirvieron para ocultarlas; pero, finalmente, llegaron noticias al cónsul y lo hicieron aproximadamente del siguiente modo: Publio Ebucio, cuyo padre había servido en la caballería con montura pública, había muerto, dejándole huérfano a edad temprana y al cuidado de tutores. Muertos estos también, se había educado bajo la tutela de Duronia, su madre, y de su padrastro, Tito Sempronio Rútilo. Como, por una parte, la madre estaba completamente sometida a su marido y, por la otra, su padrastro había ejercido su tutela de tal manera que no estaba en condiciones de dar cuentas adecuadamente de la misma, deseaba éste quitarse de en medio a su pupilo o bien ponerlo a su merced mediante algo de lo que acusarlo. La única manera de corromper al joven eran las Bacanales. La madre dijo al muchacho que había hecho un voto en su nombre durante una enfermedad, a saber, que en cuanto se recuperase lo iniciaría en los misterios báquicos; ahora, comprometida por su voto por la bondad de los dioses, estaba obligada a cumplir con aquél. Él debía preservar su castidad durante diez días; tras la cena del décimo día, una vez bañado en agua pura, ella lo llevaría al lugar sagrado.

Había una liberta de nombre Hispala Fecenia que había sido una famosa cortesana y que no resultó digna de ser liberada pues, acostumbrada desde su niñez a tal actividad, incluso tras su manumisión siguió dedicándose a ella. Como sus casas estaban cerca una de la otra, había surgido cierta intimidad entre ella y Ebucio, que no resultaba en absoluto perjudicial ni para la reputación de él ni para su hacienda, pues ella buscaba su compañía y su amor desinteresadamente, manteniéndolo por su generosidad mientras sus padres se lo escatimaban todo. Su pasión por él había ido tan lejos que, una vez muerto su tutor y no estando ya bajo la tutela de nadie, solicitó a los tribunos y al pretor que nombraran un tutor para ella. Entonces, hizo testamento nombrando a Ebucio su único heredero.

[39.10] Con estas pruebas de su amor, ya no tenían secretos entre ellos y el joven le dijo en tono jocoso que no se sorprendiera si se ausentaba de ella durante algunas noches, pues tenía que cumplir un deber religioso: el cumplimiento de una promesa, hecha mientras estaba enfermo, por la que quería ser iniciado en los misterios de Baco. Al oír esto, quedó ella muy perturbada y exclamó "¡no lo consientan los dioses!. Mejor nos sería morir ambos antes que hagas tal cosa!". Lanzó luego maldiciones e imprecaciones sobre la cabeza de quien le hubiera aconsejado así. El joven, asombrado ante sus palabras y su gran emoción, le pidió que cesara en sus maldiciones, pues había sido su madre quien se lo había ordenado, con el consentimiento de su padrastro. "Pues entonces, tu padrastro -respondió ella- ya que puede que no sea justo acusar a tu madre, tiene prisa por arruinar con este acto tu virtud, tu reputación, tus esperanzas y tu vida". Aún más asombrado, él le preguntó qué quería decir. Rogando a los dioses que la perdonaran si, llevada por su amor hacía él, revelaba lo que se debía callar, le descubrió cuando era una sierva había acompañado a su ama a aquel lugar de iniciación, pero que nunca se había acercado por allí desde que era libre. Sabía que aquella era oficina para toda clase de corruptelas, teniendo constancia de que en los últimos dos años no se había iniciado a nadie mayor de veinte años. Cuando alguien era llevado allí se le entregaba como una víctima a los sacerdotes, quienes lo llevaban a un lugar que resonaba con gritos, cánticos y el percutir de címbalos y tímpanos, de modo que no se podían oír los gritos de auxilio de aquel a quien sometían a violencia sexual. Le rogaba y le suplicaba, por ello, que se saliera del asunto lo mejor que pudiese y que no se precipitase a ciegas en un lugar en el que habría de soportar, y luego cometer, toda clase de ultrajes concebibles. No le dejó marchar hasta que él no le hubo dado su palabra de que no tomaría parte en aquellos ritos.

[39,11] Después de llegar a casa, su madre trajo a colación el tema de la iniciación, diciéndole lo que tenía que hacer ese día y los días siguientes. Él le dijo que no haría nada de aquello y que no tenía intención de ser iniciado. Su padrastro estaba presente en la conversación. De inmediato, la madre exclamó que él no podía pasar diez noches fuera de los brazos de Hispala; tan hechizado estaba por los encantos venenosos de aquella víbora que no respetaba ni a su madre, ni a su padrastro ni a los dioses. Entre los reproches de su madre, por un lado, y su padrastro, por otro, con la ayuda de cuatro esclavos lo echaron de la casa. El joven, entonces, se marchó a casa de una tía paterna, Ebucia, y le explicó por qué había sido expulsado de su casa; por consejo de ella, al día siguiente informó sin testigos al cónsul Postumio sobre el asunto. Postumio le dijo que regresara nuevamente a los dos días; al mismo tiempo, preguntó a su suegra Sulpicia, mujer respetable y juiciosa, si conocía a una anciana llamada Ebucia, que vivía en el Aventino. Ella le respondió que la conocía como una mujer respetable y de estricta moral a la antigua usanza; el cónsul le dijo que era importante que se entrevistara con ella y que Sulpicia debía mandarle recado para que viniera. Ebucia vino a ver a Sulpicia y el cónsul, entrando como por casualidad, llevó la conversación hacia Ebucio, el hijo de su hermano. La mujer estalló en lágrimas y comenzó a lamentarse de la desgracia del joven, a quien habían despojado de su fortuna los que menos debían haberlo hecho. Estaba -dijo- en su casa en aquellos momentos, pues su madre "lo había echado porque el virtuoso y respetable joven había rehusado -¡que los dioses me perdonen!- ser iniciado en unos misterios obscenos, según se decía".

[39.12] Considerando el cónsul que había comprobado lo suficiente sobre el testimonio de Ebucio y que la evidencia era fiable, despidió a Ebucia y pidió a su suegra que mandara llamar a Hispala, una liberta, muy conocida en el Aventino, pues había ciertas cuestiones que deseaba preguntarle también a ella. Se perturbó Hispala ante el recado, al ser convocada a presencia de una mujer tan noble y respetable sin saber el motivo; y ya, cuando vio en el vestíbulo a los lictores, a los asistentes del cónsul y al mismo cónsul, casi se desmayó. La llevaron a una habitación interior con el cónsul y en presencia de su suegra, por si servía para hacer que dijera la verdad; el cónsul le dijo que nada tenía que temer, podía confiar en la palabra de una mujer como Sulpicia y en la suya propia, pero debía darle una descripción detallada de lo que solía ocurrir en los ritos báquicos nocturnos en el bosque de Simila. Al oír esto, la mujer fue presa de tanto miedo y tales temblores en todos sus miembros que no pudo abrir la boca en bastante rato. Recuperó finalmente sus nervios y contó que había sido iniciada siendo esclava y aún muy niña, junto a su ama; pero que desde que la manumitieron, hacía ya algunos años, no sabía nada más de lo que allí pasaba. El cónsul la elogió por haber confesado que había sido iniciada y le rogó que fuera igualmente veraz en el resto de su historia. Al asegurar ella que no sabía nada más, el cónsul le advirtió que no recibiría la misma consideración y perdón si alguien la refutaba que si confesaba libremente, pues la persona que le había oído hablar de aquellas cosas se lo había revelado todo a él.

[39.13] La mujer, totalmente convencida, y con razón, de que era Ebucio el informante, se arrojó a los pies de Sulpicia y le imploró que no permitiera que una conversación entre una liberta y su amante fuera considerada como una asunto no sólo grave, sino incluso capital. Cuanto ella le había dicho, lo fue con el fin de asustarlo, no porque ella supiera nada realmente. Postumio se encolerizó y le dijo entonces que quizá se imaginaba que estaba bromeando con su amante, y no hablando en la casa de una mujer respetabilísima y en presencia del cónsul. Sulpicia levantó a la aterrorizada mujer del suelo, le habló dulcemente y, al tiempo, trataba de calmar la cólera de él. Al fin se hizo la calma, y después de quejarse amargamente de la traición de Ebucio, que así le pagaba todo lo que había hecho por él, declaró que temía grandemente a los dioses, por desvelar sus misterios, pero que temía aún más a los hombres, que la despedazarían si se convertía en delatora. Así, ella rogaba a Sulpicia y al cónsul que la llevaran a algún lugar fuera de las fronteras de Italia, donde pudiera vivir con seguridad el resto de sus días. El cónsul la instó a tener buen ánimo, pues él se encargaría de que viviese segura en Roma. Hispala, entonces, dio cuenta del origen de aquellos misterios.

Inicialmente, se trataba de un santuario reservado a las mujeres, donde era costumbre no admitir a ningún hombre; había tres días al año en los que, durante el día, se iniciaba en los misterios de Baco; se solía elegir por tuno a matronas como sacerdotisas. Paculla Annia, una sacerdotisa de la Campania, había efectuado cambios radicales, como por inspiración divina, pues fue la primera en admitir hombres e inició a sus propios hijos, Minio y Herenio Cerrinio. Al mismo tiempo, hizo que el rito fuera nocturno y que en vez de tres días al año se celebrara cinco veces al mes. Una vez los misterios hubieron asumido aquel carácter promiscuo, con los hombres mezclados con las mujeres en licenciosas orgías nocturnas, no quedó ningún crimen y ninguna acción vergonzosa por perpetrarse allí. Se producían más prácticas vergonzantes entre hombres que entre hombres y mujeres. Quien no se sometiera al ultraje o se mostrara remiso a los malos actos, era sacrificado como víctima. No considerar nada como impío o criminal era la misma cúspide de su religión. Los hombres, como posesos, gritaban profecías entre las frenéticas contorsiones de sus cuerpos; las matronas, vestidas como bacantes, con los cabellos en desorden, se precipitaban hacia el Tíber con antorchas encendidas, las metían en las aguas y las sacaban aún encendidas, pues contenían azufre vivo y cal. Los hombres ataban a algunas personas a máquinas y las echaban en cuevas ocultas, y se decía por ello que habían sido arrebatadas; se trataba de quienes se habían negado a unirse a su conspiración, tomar parte en sus crímenes o someterse a los ultrajes sexuales. Era una inmensa multitud, casi una segunda población, y entre ellos se encontraban algunos hombres y mujeres de familias nobles. Se había convertido en costumbre, durante los dos últimos años, que nadie de más de veinte años fuera iniciado; solo captaban a los de edad más susceptible de engaño y corrupción.

[39,14] Cuando hubo terminado de dar su testimonio, cayó de rodillas y de nuevo le rogó al cónsul que la enviara al extranjero. Este pidió a su suegra que desocupara alguna parte de su casa donde pudiera trasladarse Hispala. Se le asignó una habitación en la parte superior a la que se accedía por una escalera desde la calle, que se bloqueó, abriéndose un acceso desde el interior de la casa. Se llevaron allí de inmediato todos los enseres de Fecenia, así como sus esclavos, y se ordenó a Ebucio que se mudara a casa de un cliente del cónsul. Una vez tuvo a sus dos informantes bajo su control, Postumio informó del asunto al Senado. Explicó todo detallada y ordenadamente, primero la información que había recibido y después lo que había averiguado con su investigación. Los senadores fueron presa de un intenso pánico, tanto por la seguridad pública en el caso de que aquellas ocultas conspiraciones y reuniones nocturnas pudieran suponer un peligro para el Estado, como por ellos mismos en lo que pudiera atañer a los suyos en caso de estar implicados. Aprobaron no obstante un voto de gracias al cónsul por haber conducido sus investigaciones tan cuidadosamente, sin provocar una alteración del orden público. A continuación, otorgando a los cónsules poderes extraordinarios, pusieron en sus manos la investigación sobre cuanto sucedía durante las bacanales y los ritos nocturnos. Deberían cuidar de que Ebucio y Fecenia no sufrieran daño alguno por la información que habían proporcionado, así como también ofrecer recompensas para que otros denunciaran. Se debía buscar a los sacerdotes de aquellos ritos, fuesen hombres o mujeres, no solo en Roma, sino en cualquier foro o lugar de reunión en que se los pudiera hallar, para ponerlos a disposición de los cónsules. Además, se publicaron edictos en Roma, y se enviaron por toda Italia, prohibiendo que todo el que ya hubiera sido iniciado en el culto a Baco se reuniera para celebrar sus misterios o practicar cualquier rito de similar carácter; y, sobre todo, que se investigase rigurosamente contra aquellos que se hubiesen conjurado para cometer alguna inmoralidad o algún delito. Estas fueron las medidas que decretó el Senado. Los cónsules ordenaron a los ediles curules que buscasen a todos los sacerdotes de aquellos ritos y, cuando los hubieran detenido, los mantuvieran bajo custodia como mejor les pareciera para proceder a la investigación. Los ediles plebeyos cuidarían de que no se llevara a cabo ningún rito en lugar cerrado; a los triunviros capitolinos se les encargó que situaran guardias por toda la Ciudad y que procurasen que no tuvieran lugar reuniones nocturnas; como precaución añadida contra los fuegos, se nombraron cinco hombres para ayudar a los triunviros y hacerse cargo de los edificios que se les asignaran en cada sector a uno y otro lado del Tíber.

[39,15] Cuando los diversos magistrados quedaron instruidos de sus obligaciones, los cónsules convocaron la Asamblea y subieron a los Rostra. Después de recitar la solemne oración que suelen pronunciar los cónsules antes de dirigirse al pueblo, Postumio habló así: "Quirites, en ninguna reunión anterior de la Asamblea había sido esta plegaria a los dioses tan adecuada, y yo diría que hasta tan necesaria. Porque nos recuerda que son estos los dioses a los que nuestros antepasados determinaron que se diese culto, se reverenciara y se rezara; y no a aquellos dioses que llevan las mentes, mediante ritos extranjeros y envilecedores, como empujadas por las Furias, a toda clase de crímenes y desenfrenos. En verdad que no sé hasta qué punto debo guardar silencio o hasta dónde he de llegar en lo que tengo que deciros. Pues me temo que si quedáis ignorantes de alguna cosa se me pueda acusar de negligencia, mientras que si os lo revelo todo os pueda aterrorizar en exceso. Por mucho que pueda decir, podéis estar seguros de que será poco en comparación con la enormidad y gravedad de los hechos. Procuraré que sea lo suficiente como para poneros en guardia. Estoy seguro de que ya sabéis, no solo por lo que se comenta sino por los ruidos y gritos nocturnos que se producen por toda la Ciudad, de que las Bacanales se han extendido por toda Italia y ahora también por muchas partes de Roma; pero no creo que sepáis realmente qué es lo que ello significa. Algunos de vosotros os imaginaréis que es alguna forma privada de culto a los dioses; otros creen que es algún tipo permitido y admisible de distracción, y que sea como sea, concierne sólo a unos cuantos. Respecto a su número, será natural que os alarméis si os digo que se trata de muchos miles, aún antes de explicaron quiénes son y cuál es su calaña.

"En primer lugar, en efecto, la mujeres constituyen la mayor parte, y fueron ellas el origen de este mal. Están luego los hombres, totalmente afeminados, cometiendo y recibiendo las mismas perversiones, exaltados y desenfrenados, fuera de sí por las noches sin sueño, por el vino, los gritos y el alboroto nocturno. La conspiración no tiene aún ninguna fuerza, pero su número se incrementa rápidamente día a día y su fuerza es cada vez mayor. Vuestros antepasados decidieron que ni siquiera vosotros os reunieseis en Asamblea de manera irregular y sin motivo, sino que, izando el estandarte en la ciudadela, se mandase salir al ejército, que los tribunos ordenasen al pueblo que se reuniera o que uno de los magistrados hubiera convocado en debida forma a la Asamblea. Consideraban, así mismo, que siempre que el pueblo se reuniera debería haber allí alguna autoridad legítima presidiéndolo. ¿Os imagináis cómo serán estas reuniones nocturnas, esta promiscuidad de hombres y mujeres? Si supieseis a qué edad se inician los varones, no solo os compadeceríais de ellos, también os avergonzaríais. ¿Consideráis, Quirites, que a jóvenes iniciados en juramentos como este se les puede convertir en soldados? ¿Que se les puede confiar las armas a estos que salen de un santuario de obscenidad? ¿Serán estos hombres, apestando a sus propias impurezas y a las de quienes tienen alrededor, los que esgrimirán sus espadas en defensa de la castidad de vuestras mujeres e hijos?

[39.16] "Y el daño no sería tan grave, empero, si sólo se hubieran afeminado ellos con su libertinaje, pues entonces la deshonra caería principalmente sobre ellos mismos, y hubiesen mantenido libres sus manos de ultrajes y sus ánimos de engaños. Nunca ha habido un mal tan grave en la República, ni que afectara a un número mayor de personas o que haya causado más crímenes. Podéis estar completamente seguros de que todos los delitos producidos en estos últimos años, en forma de lujuria, traición o crímenes, han tenido su origen en aquel santuario de ritos profanos. Y aún no se han revelado todas las maldades para las que han conspirado. Hasta ahora, su impía asociación se limitaba a crímenes individuales, pues aún no tiene fuerza bastante para destruir la república. Pero la maldad sigue infiltrándose sigilosamente, creciendo día a día, ya es demasiado grande como para limitarse a los intereses privados y apunta al Estado. A menos que toméis precauciones, Quirites, a esta Asamblea legalmente convocada por un cónsul a la luz del día, se enfrentará otra asamblea que se reúne en la oscuridad de la noche. Por ahora, desunidos, ellos os temen a vosotros, unidos en Asamblea; pero en cuanto os hayáis dispersado hacia vuestros hogares y granjas, celebrarán la suya y tramarán su propia seguridad y vuestra ruina. Será entonces vuestro turno, separados como estaréis, de temer su unión.

"Debéis, por tanto, rezar cada uno de vosotros porque vuestros amigos hayan conservado su sensatez. Si alguno se ha precipitado a tal abismo de lujuria desenfrenada y exasperante, debéis considerarlo no como uno de los vuestros, sino como alguien que se ha sumado a los juramentados para ejecutar toda clase de maldades. No estoy seguro, incluso, de que alguno de vosotros no hayáis sido engañados, pues nada hay que presente una apariencia más engañosa que una falsa religión. Cuando los delitos se cobijan bajo el nombre de la voluntad de los dioses, siempre existe el temor a que, castigando la hipocresía de los hombres, estemos violentando algo sagrado relacionado con las leyes divinas. De estos escrúpulos quedáis liberados por las innumerables decisiones de los pontífices, senadoconsultos y respuestas de los augures. ¡Cuán a menudo, en tiempos de vuestros padres y abuelos, se ha encargado a los magistrados la tarea de prohibir todos los ritos y ceremonias extranjeros, impedir que los sacrificadores y adivinos entrasen al Foro, al Circo o a la Ciudad, buscando y quemando todos los libros de falsas profecías, y aboliendo cualquier rito sacrifical que no estuviera de acuerdo con la costumbre romana! Y es que aquellos hombres, tan prácticos en todo lo referente al amor divino y humano, consideraban que nada tendía tanto a destruir la religión como la realización de sacrificios no a la manera de nuestros padres, sino según las modas importadas del extranjero. Pensé que debería deciros esto de antemano, de modo que a ninguno de vosotros le angustiaran los temores religiosos cuando vea demolidas las sedes de las bacanales y dispersadas sus impías reuniones. Todo lo que vamos a hacer será hecho con la sanción de los dioses y obedeciendo su voluntad. Para mostrar su descontento por el insulto hecho a su majestad mediante tales apetitos sexuales y crímenes, los han arrastrado fuera de sus oscuros escondrijos, a plena luz del día, y quisieron que quedasen expuestos a dicha luz no para que gozaran de impunidad, sino para que fuesen castigados y aplastados. El Senado nos ha otorgado, a mi colega y a mí mismo, poderes extraordinarios para llevar a cabo una investigación sobre este asunto. Haremos uso enérgicamente de ellos y hemos encargado a los magistrados menores de la vigilancia nocturna por toda la Ciudad. Es justo que vosotros mostréis también la misma energía al cumplir con vuestro deber en cualquier puesto en que se os destine y ante cualquier orden que recibáis, así como que ayudéis en que no se provoque ningún peligro ni altercados por culpa de la conjura secreta de unos criminales".

[39.17] Ordenaron a continuación que se diera lectura a las resoluciones del Senado, ofreciendo una recompensa a cualquiera que llevara un culpable ante los cónsules o que diera su nombre si se encontraba ausente. En el caso de que alguno hubiera sido denunciado y hubiese huido, le fijarían un día para responder de la acusación y, si no comparecía, sería condenado en ausencia; cualquiera que estuviese fuera del territorio de Italia en aquel momento, vería ampliado el plazo fijado para que pudiera defenderse. Publicaron después un edicto prohibiendo que nadie vendiera o comprase nada con el propósito de huir, ni que se recibiera, almacenara o en modo alguno se auxiliara a quienes huyeran. Una vez disuelta la Asamblea, toda la Ciudad fue presa de un gran terror. Tampoco se limitó el pánico al interior de las murallas de la Ciudad o a las fronteras de Roma; cundió la inquietud y la consternación por toda Italia según iban llegando las cartas de inmigrantes que relataban las resoluciones del Senado, lo sucedido en la Asamblea y el edicto de los cónsules. Durante la noche siguiente a la exposición de los hechos en la Asamblea, se apostaron guardias en todas las puertas, siendo arrestados por los triunviros, y obligados a volver, muchos que intentaron escapar. Se denunciaron muchos nombres y algunos de ellos, tanto hombres como mujeres, se suicidaron. Se afirmó que más de siete mil personas de ambos sexos estaban implicadas en la conspiración. Los cabecillas fueron, al parecer, los dos Atinios, Marco y Cayo, miembros ambos de la plebe; Lucio Opicernio, de Falerio, y Minio Cerrinio, un campano. Ellos fueron los instigadores y organizadores de todos los crímenes y ultrajes, los sumos sacerdotes y fundadores de aquel culto. Se procuró arrestarlos lo antes posible y al comparecer ante los cónsules lo confesaron todo inmediatamente.

[39,18] Fue tan grande, sin embargo, el número de los que huyeron de la Ciudad que, al quedar sin efecto las incautaciones y acusaciones, y viéndose obligados los pretores Tito Menio y Marco Licinio, por intervención del Senado, a aplazar sus juicios treinta días para permitir a los cónsules completar sus investigaciones. Debido al hecho de que las personas cuyos nombres estaban en la lista no respondieron a la citación y no se les encontró en Roma, los cónsules tenían que visitar las poblaciones rurales, investigar y juzgar sus casos en ellas. Aquellos que simplemente habían sido iniciados, esto es, los que habían repetido, tras dictarla el sacerdote, la forma prescrita de la imprecación por la que se comprometía a toda forma de maldad e impureza, pero que no habían participado ni activa ni pasivamente en ninguno de los hechos a los que sus juramentos los ataban, los dejaban en la cárcel. Aquellos que se habían contaminado mediante indignidades o asesinatos, o que se habían manchado con falsos testimonios, falsos sellos y testamentos, así como otras prácticas fraudulentas, fueron condenados a muerte. El número de los ejecutados superó el número de los condenados a penas de prisión; en ambas grupos hubo gran cantidad tanto de hombres como de mujeres. Las mujeres que habían sido declaradas culpables fueron entregadas a sus familiares o tutores para que actuaran contra ellas en privado; si no había nadie con potestad para infligir el castigo, éste se aplicaba en público. La siguiente tarea a afrontar por los cónsules fue la destrucción de los santuarios del culto de Baco, empezando por Roma y siguiendo luego por todo lo largo y lo ancho de Italia; solo se exceptuó aquellos donde existía un altar antiguo o una imagen consagrada. Después se aprobó un senadoconsulto por el cual, en el futuro, no habría bacanales en Roma ni en Italia. Si alguien consideraba que esta forma de culto era una obligación solemne y necesaria, y que no podía prescindir de ella sin sentirse culpable de impiedad, debería efectuar una declaración ante el pretor urbano; el pretor debería consultar al Senado y, si el Senado lo autorizaba estando presentes no menos de cien senadores, podría observar los ritos a condición de que no tomasen parte en ellos más de cinco personas, que no tuviesen fondo común, ni maestro de ceremonias ni sacerdote.

[39.19] El cónsul Quinto Marcio presentó otra propuesta, relacionada con esto y que fue objeto de un decreto, a saber, los casos de quienes los cónsules habían empleado como informantes. Se decidió que se dejaría la cuestión para ser tratada en cuanto Espurio Postumio hubiera cerrado su investigación y estuviese de regreso en Roma. El Senado decidió que el campano Minio Cerrinio fuera enviado a Ardea para ser encerrado, advirtiéndose a sus magistrados que lo mantuvieran bajo estrecha vigilancia para impedir no solo su fuga, sino cualquier intento de suicidio. Espurio Postumio regresó a Roma bastante después. Presentó a discusión la cuestión de las recompensas que se debían otorgar a Publio Ebucio y a Hispala Fecenia, pues gracias a su ayuda se habían podido descubrir las bacanales. El Senado decidió que el pretor urbano entregaría a cada uno de ellos cien mil ases del Tesoro y que el cónsul debería acordar con los tribunos que se propusiera a la plebe, a la primera oportunidad, que Publio Ebucio quedara exento del servicio militar y que no se le obligara, a menos que él lo deseara, a servir ni en infantería ni en caballería. Se concedió a Fecenia el derecho a disponer de sus propiedades como le placiera, a casarse fuera de su gens y a elegir a su propio tutor, como si se lo hubiera asignado un marido mediante su testamento. Tendría también libertad para casarse con un hombre nacido libre, sin que ninguno que se casase con ella sufriese merma en su reputación o posición. Y aún más, los cónsules y pretores entonces en activo, así como aquellos que les sucedieran, cuidarían que no se infligiera ningún daño a la mujer, sino que viviera con seguridad. Estas propuestas eran las que el Senado consideraba justas y deseaba que se procediera de aquel modo. Todas ellas fueron presentadas a la plebe, resultando confirmada la resolución del Senado; en lo referente a la inmunidad y recompensas de otros informadores, se dejó la decisión en manos de los cónsules...

12 comentarios:

  1. Las bacanales tenían su origen en ritos de fertilidad dedicados al dios Pan, quien tenía aspecto de .... ¡macho cabrío! ¿Tendrá esto de las bacanales algo que ver con los aquelarres y sabats donde se adora (y algo más) al demonio en forma de macho cabrío? O, ¿estamos ante otra de esas curiosas casualidades? ¿Tendrá esto alguna relación, en origen, con algún demonio del judaísmo como el Keteh Merirí? Nada surge de la nada, todo tiene un origen y una evolución. Enhorabuena nuevamente por el post.

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  2. Esto es un viaje desde Roma a Oriente. Baco era Dionisio. Dionisio era Sabacio. Sabacio se parece demasiado a Sebaot (Yahvé), y ya no hace falta seguir. Al final da igual donde escarbes, siempre se encuentra lo mismo.

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    1. Más que de Roma a Oriente, yo diría que desde Oriente a Roma. Todo esto sucede después de las guerras púnicas con los cartagineses y, según Livio, el introductor fue un "griego" de bajo nacimiento. Recordemos que Roma destruyó Cartago hasta los cimientos -por alguna razón- al igual que los Rus destruirían más de mil años después a Khazaria hasta los cimientos -también por alguna razón-.

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    2. Ya que lo mencionas, más apuntes sobre el dios Sabacio:
      http://antonionorbano.blogspot.com.br/2008/12/el-dios-sabacio.html

      Y un interesante estudio de las inscripciones parietales romanas halladas en la Cueva Negra de la Fortuna (Murcia) y en el análisis comparativo tanto con diversos fenómenos religiosos del Mediterráneo antiguo como con elementos etnográficos actuales. Puede así establecer tres niveles de uso religioso en la historia de este santuario. Se distingue un primer nivel indígena, con una probable divinidad curótrofa. Sigue una fase intermedia, con huellas de sincretismo fenicio-púnico. El último nivel se configura como el clásico antro báquico, influido por una corriente de origen sabazio:
      http://interclassica.um.es/investigacion/hemeroteca/a/antigueedad_y_cristianismo/numero_20_2003/la_funcion_de_la_cueva_de_fortuna_el_antro_baquico_sabazio_y_sus_antecedentes

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  3. A lo mejor es que a los romanos no les gustaba la decoración de los tofet. Pobres kázaros... Yo me refería a un viaje al pasado Roma-Oriente, para poder comprender el origen de tales fiestas privadas subiditas de alcohol y sexo. A ver si la intención verdadera no era adorar a ningún dios, y tenían objetivos mucho más mundanos... Por cierto, viendo a los dirigentes romanos defender a su gente (seguro que perfectos no eran) y viendo a nuestros "dirigentes", dan ganas de fugarse en el tiempo.

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  4. Publio Ebucio e Hispala Fecenia... Bella historia de amor que todo lo pudo, inclusive, derrumbar el conspirativo muro de silencio, mentira y pecado que amenazaba un Imperio. Lógicamente tuvieron que contar con el respaldo de poderosos honestos, valientes y sin máculas, venciendo sus propios miedos.
    Pena que no podamos decir lo mismo del papel representado por personajes más actuales tanto de arriba cuanto de abajo, que insisten en permanecer en sus trece.
    Un abrazo Nozick, me ha encantado esta historia, ahora sí leída íntegramente. :)

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  5. Artículo excelente. Recordemos que en la novela-ensayo Ilustre Degeneración de Isabel Álvarez de Toledo (duquesa de Medina Sidonia) lo que se describe es precisamente eso, sangrientas bacanales. A diferencia de la época romana, en la nuestra quedan impunes.

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  6. Leemos en Tito Livio: "Muchos crímenes fueron cometidos mediante engaños y muchos otros mediante la violencia, que quedaba oculta por el hecho de que, a causa de los gritos y el ruido de los tímpanos y címbalos, no se podía escuchar a los que pedían auxilio entre las violaciones y las muertes.

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  7. "Antes de que la estatua fuese llenada se inundaba la zona con un fuerte ruido de flautas y tambores, de modo que los gritos y lamentos no alcanzaban los oídos de la multitud." Plutarco, "De superstitiones" 17

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  8. Plutarco se refiere a una estatua de Moloch.

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